miércoles, 31 de julio de 2019

Descripciones realistas y retratos clásicos

Uno de los mecanismos que contribuyen a lograr un efecto de realidad en los textos son las descripciones minuciosas de ambientes y personajes. En el caso de estos últimos , los autores no solo se detienen en los rasgos físicos , sino también buscan que su lenguaje refleje la condición social. Así, se reproducen diferentes variedades de lengua.
Los retratos incluyen, además, cuidadosos análisis psicológicos y morales, muchas veces, a través de técnicas como el monólogo interior.
(Fuente: Literatura V Mandioca.2013)

Texto 1 Madame Bovary (fragmento). Gustave Flaubert

Ernma llevaba una bata de casa muy abierta, que dejaba ver entre las solapas del chal del corpiño una blusa plisada con tres botones dorados. Su cinturón era un cordón de grandes borlas, y sus pequeñas pantuflas de color granate tenían un manojo de cintas anchas, que se extendía hasta el empeine. Se había comprado un secante, un juego de escritorio, un portaplumas y sobres, aunque no tenía a quién escribir; quitaba el polvo a su anaquel, se miraba en el espejo, cogía un libro, luego, soñando entre líneas, lo dejaba caer sobre sus rodillas. Tenía ganas de viajar o de volver a vivir a su convento. Deseaba a la vez morirse y vivir en París.
 Carlos, con nieve o con lluvia, cabalgaba por los atajos. Comía tortillas en las mesas de las granjas, metía su brazo en camas húmedas; recibía en la cara el chorro tibio de las sangrías, escuchaba estertores, examinaba palanganas, levantaba mucha ropa sucia; pero todas las noches encontraba un fuego vivo, la mesa servida, muebles cómodos, y una mujer bien arreglada, encantadora, oliendo a limpio, sin saber de dónde venía este olor a no ser que fuera su piel la que perfumaba su camisa. Ella le encantaba por un sinfín de delicadezas: ya era una nueva manera de recortar arandelas de papel para las velas, un volante que cambiaba a su vestido, o el nombre extraordinario de un plato muy sencillo, y que le había salido mal a la muchacha, pero que Carlos se comía con satisfacción hasta el final.
Vio en Rouen a unas señoras que llevaban en sus relojes un manojo de colgantes; ella se compró algunos. Quiso poner sobre su chimenea dos grandes jarrones de cristal azul, y poco tiempo después un neceser de marfil con un dedal de plata dorada. Cuanto menos comprendía Carlos estos refinamientos, más le seducían. Añadían algo al placer de sus sentidos y a la calma de su hogar. Eran como un polvo de oro esparcido a lo largo del humilde sendero de su vida.
 El se encontraba bien, tenía buen aspecto; su reputación estaba bien acreditada. Los campesinos le querían porque no era orgulloso. Acariciaba a los niños, no entraba nunca en la taberna, y, además, inspiraba confianza por su moralidad. Acertaba especialmente en los catarros y en las enfermedades del pecho. Como tenía mucho miedo a matar a nadie, Carlos casi no recetaba en realidad más que bebidas calmantes, de vez en cuando algún vomitivo, un baño de pies o sanguijuelas. No es que le diese miedo la cirugía; sangraba abundantemente a la gente, como si fueran caballos, y para la extracción de muelas tenía una fuerza de hierro.
 En fin, para estar al corriente, se suscribió a la Ruche médicale, nuevo periódico del que había recibido un prospecto. Después de la cena leía un poco; pero el calor de la estancia, unido a la digestión, le hacía dormir al cabo de cinco minutos; y se quedaba a11í, con la barbilla apoyada en las dos manos, y el pelo caído como una melena hasta el pie de la lámpara. Emma lo miraba encogiéndose de hombros. ¿Por qué no tendría al menos por marido a uno de esos hombres de entusiasmos callados que trabajaban por la noche con los libros y, por fin, a los sesenta años, cuando llega la edad de los reumatismos lucen una sarta de condecoraciones sobre su traje negro mal hecho? Ella hubiera querido que este nombre de Bovary, que era el suyo, fuese ilustre, verlo exhibido en los escaparates de las librerías, repetido en los periódicos, conocido en toda Francia. ¡Pero Carlos no tenía ambición! Un médico de Yvetot, con quien había coincidido muy recientemente en una consulta, le había humillado un poco en la misma cama del enfermo, delante de los parientes reunidos. Cuando Carlos le contó por la noche lo sucedido, Emma se deshizo en improperios contra el colega. Carlos se conmovió. La besó en la frente con una lágrima. Pero ella estaba exasperada de vergüenza, tenía ganas de pegarle, se fue a la galería a abrir la ventana y aspiró el aire fresco para calmarse.
 -¡Qué pobre hombre!, ¡qué pobre hombre! -decía en voz baja, mordiéndose los labios.
Por lo demás, cada vez se sentía más irritada contra él. Con la edad, Carlos iba adoptando unos hábitos groseros; en el postre cortaba el corcho de las botellas vacías; al terminar de comer pasaba la lengua sobre los dientes; al tragar la sopa hacía una especie de cloqueo y, como empezaba a engordar, sus ojos, ya pequeños, parecían subírsele hacia las sienes por la hinchazón de sus pómulos.

Texto 2 En la sangre. Eugenio Cambaceres.
De cabeza grande, de facciones chatas, ganchuda la nariz, saliente el labio inferior, en la expresión aviesa de sus ojos chicos y sumidos, una rapacidad de buitre se acusaba.
Llevaba un traje raído de pana gris, un sombrero redondo de alas anchas, un aro de oro en la oreja; la doble suela claveteada de sus zapatos marcaba el ritmo de su andar pesado y trabajoso sobre las piedras desiguales de la calle.
De vez en cuando, lentamente paseaba la mirada en torno suyo, daba un golpe -uno solo- al llamador de alguna puerta y, encorvado bajo el peso de la carga que soportaban sus hombros: «tachero»... gritaba con voz gangosa, «¿componi calderi, tachi, siñora?»
 Un momento, alargando el cuello, hundía la vista en el zaguán. Continuaba luego su camino entre ruidos de latón y fierro viejo. Había en su paso una resignación de buey. Alguna mulata zarrapastrosa, desgreñada, solía asomar; lo chistaba, regateaba, porfiaba, «alegaba», acababa por ajustarse con él. Poco a poco, en su lucha tenaz y paciente por vivir, llegó así hasta el extremo Sud de la ciudad penetró a una casa de la calle San Juan entre Bolívar y Defensa.
Dos hileras de cuartos de pared de tabla y techo de cinc, semejantes a los nichos de algún inmenso palomar, bordeaban el patio angosto y largo.
Acá y allá entre las basuras del suelo, inmundo, ardía el fuego de un brasero, humeaba una olla, chirriaba la grasa de una sartén, mientras bajo el ambiente abrasador de un sol de enero, numerosos grupos de vecinos se formaban, alegres, chacotones los hombres, las mujeres azoradas, cuchicheando.
  Algo insólito, anormal, parecía alterar la calma, la tranquila animalidad de aquel humano hacinamiento. Sin reparar en los otros, sin hacer alto en nada por su parte, el italiano cabizbajo se dirigía hacia el fondo, cuando una voz interpelándolo:
-Va a encontrarse con novedades en su casa, don Esteban.
 -¿Cosa dice?
 -Su esposa está algo indispuesta.
Limitándose a alzarse de hombros él, con toda calma siguió andando, caminó hasta dar con la hoja entornada de una puerta, la penúltima a la izquierda. Un grito salió, se oyó, repercutió seguido de otros atroces, desgarradores al abrirla
. -¿Sta inferma vos? -hizo el tachero avanzando hacia la única cama de la pieza, donde una mujer gemía arqueada de dolor:
 -¡Madonna, Madonna Santa...! -atinaba tan sólo a repetir ella, mientras gruesa, madura, majestuosa, un velo negro de encaje en la cabeza, un prendedor enorme en el cuello y aros y cadena y anillos de doublé, muchos en los dedos, hallábase de pie junto al catre la partera. Se había inclinado, se había arremangado un brazo, el derecho, hasta el codo; manteníalo introducido entre las sábanas; como quien reza letanías, prodigaba palabras de consuelo a la paciente, maternalmente la exhortaba: «¡Coraque Duña maría, ya viene lanquelito, é lúrtimo... coraque!...» (..)
Así nació, llamáronle Genaro y haraposo y raquítico, con la marca de la anemia en el semblante, con esa palidez amarillenta de las criaturas mal comidas, creció hasta cumplir cinco años. De par en par abriole el padre las puertas un buen día. Había llegado el momento de serle cobrada con réditos su crianza, el pecho escrofuloso de su madre, su ración en el bodrio cotidiano.
 Y empezó entonces para Genaro la vida andariega del pilluelo, la existencia errante, sin freno ni control, del muchacho callejero, avezado, hecho desde chico a toda la perversión baja y brutal del medio en que se educa.
Eran, al amanecer, las idas a los mercados, las largas estadías en las esquinas, las changas, la canasta llevada a domicilio, la estrecha intimidad con los puesteros, el peso de fruta o de fatura ganado en el encierro de la trastienda.
El zaguán, más tarde, los patios de las imprentas, el vicio fomentado, prohijado por el ocio, el cigarro, el hoyo, la rayuela y los montones de cobre, el naipe roñoso, el truco en los rincones.
Era, en las afueras de los teatros, de noche, el comercio de contra-señas y de puchos. Toda una cuadrilla organizada, disciplinada, estacionaba a las puertas del Colón, con sus leyes, sus reglas, su jefe; un mulatillo de trece años, reflexivo y maduro como un hombre, cínico y depravado como un viejo.

martes, 30 de julio de 2019

El cuento realista (video)


Recursos Educar. Horizontes Lengua

El lenguaje informa, explica, argumenta, recrea ficciones, define formatos, narra, describe, divulga y estimula asociaciones. A través de los capítulos que podremos apreciar a lo largo de este ciclo, como El cuento, Poemas y poetas, La narración oral y Cuentos y relatos, entre otros, esta serie propone un acercamiento a la lengua y a la literatura.  
El cuento realista ↴







domingo, 28 de julio de 2019

La verdad (video)

Estamos acostumbrados a tener una particular mirada sobre el mundo y, en ocasiones, nuestra forma de pensar nos parece inobjetable. Sin embargo, ¿qué sustenta nuestras ideas? ¿Hay una sola forma de pensar la realidad o el estado de las cosas? Con el discurso filosófico como aliado, Darío Sztajnszrajber desarrolla, problematiza y pone en tensión diferentes supuestos sobre la historia, la belleza, el amor, la felicidad, la identidad y otros temas. Mentira la verdad, un programa hecho para jóvenes, pero para consumir a toda edad; una propuesta para reflexionar sobre lo que respalda nuestros juicios de valor, pero también para pensar las razones que, a lo largo de los años, han hecho visibles algunos hechos sobre otros y han sustentado las historias que nos cuentan sobre un país, una región, una sociedad.

Darío

Es un chico alto, flaco, que da muy buenos consejos, es solidario, vive con su padre y no práctica deportes. Él trabaja en el kiosco de ...